Un gallego en Madrid (día 2)
Después una calurosa noche y un ligero sueño interrumpido por ruidos de mozalbetes en sus motocicletas trucadas el gallego se levantó. Por delante se mostraba el día que a priori iba a ser el más refrescante, ya que lo iban a llevar a un sitio llamado Aquópolis.
En su tierra natal se habían escuchado historias sobre sitios con grandes rampas de agua, lagos artificiales llamados piscinas y cataratas artificiales cuyo fin era el entretenimiento. Claro está, no tenía nada que ver con las fervenzas, como llaman en Galicia a las cataratas en los rios.
Desde lo alto de aquellas formidables estructuras la visión alcanzaba varios kilómetros, mas lo que el gallego más anhelaba era saltar por aquellas rampas de agua. Desde que llegó al aquópolis hasta que se fué nadie fué capaz de convencerlo de parar excepto para comer.
Una vez refrescados y habiendo disfrutado de la refrescante excursión, el curioso trio compuesto por un gallego, un aparejador y una médico se encaminaron a la Ciudad de la Imagen, con el fin de asistir a lo que se conoce como macro cines Kinépolis. El gallego había oído historias sobre lienzos gigantes en los cuales las imágenes cobraban vida, mas había tomado esos rumores por historias de borrachos sin fundamentos. Sin embargo quedó maravillado ante semejante lugar. Allí no es que las imágenes tomasen vida, si no que él mismo se creyó dentro de la historia, aunque ella fuese totalmente fantasiosa (no es de extrañar pues contaba la guerra entre dos ejércitos de hombres metálicos gigantes).
Con una temperatura más razonable terminó el día y nuestro protagonista se hundió en un placentero sueño, preparado para el siguiente día.
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