El incendio cara a cara
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Normalmente no nos hacemos la idea de lo que es un incendio hasta que lo vemos cara a cara. Si tienes la suerte, como yo, de vivir en la que es probablemente la comunidad autónoma más bonita de toda España, estarás más que acostumbrado a que cada verano los hijos de puta se dediquen a provocar incendios (se estima que más del 90% de los incendios son provocados).
Hoy mismo he ido a comer a un restaurante cerca del pueblito de Cea, en la provincia de Ourense. Mientras comíamos, vemos que la gente empieza a salir afuera, quedando el sitio casi vacío. Al parecer, acababa de desatarse un incendio a unos pocos metros. Y no exagero. Cuando salí a verlo con mis propios ojos, los brigadas de voluntarios ya se afanaban en sacar las mangueras y extenderlas por la carretera. El fuego ya estaba lamiendo los límites de la casa que está pegada al restaurante, a unos 30 metros de donde yo me encontraba. Al otro lado de la carretera, fuertes llamaradas de más de 7 metros de altura hacían que el día se hubiese vuelto noche, volviendo irrespirable el ambiente. De hecho, en una de las llamaradas más grande, la gente e incluso los voluntarios se retiraron corriendo.
El sentimiento principal cuando veo estas escenas es la de rabia e impotencia. Rabia por saber que alguien ha prendido, a mala fe, fuego a un monte a pocos metros de casas habitadas, e impotencia por no poder hacer nada. Daría lo que fuera por encontrarme a solas en el monte con un hijo de puta de estos y enseñarle por qué no se debe prender fuego a los montes. Ya que la justicia no hace nada, al menos hacer que se arrepienta por la vía del dolor. Al fuego se le combate con el fuego, como se suele decir.

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